Cuentería y sexo

Por: María Teresa Agudelo

De la Revista Contante y Soñante me pidieron que escribiera un artículo sobre cuentería y erotismo, pues desde mis primeros años como cuentera, cuando decidí contar un fragmento de la novela “El Anatomista” del escritor argentino Federico Andahazi, siempre se me ha relacionado con el tema, aunque el fragmento que cuento no es precisamente erótico sino más bien de violencia sexual y pornografía, así que no hablaré aquí de cuentería y erotismo, sino que expandiré el tema y hablaré más bien de cuentería y sexo.

Cuando empecé a contar “El Anatomista” yo era una niña de voz delicada y maneras suaves que siempre había sido calificada como “tierna”, pero esa novela me sedujo de tal manera que no podía resistirme a la tentación de contar algunos fragmentos. Sabía que sería un reto, ¿Cómo contar aquellas obscenidades con mi vocecita de flauta y mi dulzura?, ¿tendría que ponerme la máscara de mujer fatal y experimentada?, ¿o acaso ponerme un escote pronunciado, minifalda, labios rojos y posar de perversa? Pero no soy actriz: solo tenía mi voz, mi presencia, mi ser, y un deseo sincero de contar esa historia que tanto me había conmovido; y creo que fue eso lo que produjo el asombro del público, ese contraste entre la narradora y la historia. De esa experiencia nació una convicción que aún me acompaña en cuanto al arte de contar historias: el narrador oral debe huir de los estereotipos y los prejuicios, deber ser auténtico y atrevido, buscar historias que lo reten, que lo desnuden en el escenario, que lo obliguen a saltar al vacío.

El sexo ha sido un tema fundamental en la historia de la literatura y en la tradición oral de todos los tiempos. Es uno de los principales atractivos de obras como Las mil y una noches, El Decamerón de Boccacio, los cuentos de hadas tradicionales en sus versiones más antiguas o la mitología griega. Durante mucho tiempo la literatura con contenidos sexuales estuvo oculta para huir de las autoridades. En una entrevista sobre literatura erótica y cuentos obscenos, cuenta el escritor y narrador oral español Pep Bruno[i] que durante la época de la inquisición algunas personas quemaban los libros con contenido sexual por miedo a ser castigados, mientras que otros los ocultaban en un sitio secreto de sus bibliotecas llamado “infierno”.  Es por eso que obras tan interesantes como El Jardín de Venus de Félix María de Samaniego (a quien conocemos por sus fábulas infantiles), o las Fábulas futrosoficas de Leandro Fernández de Moratín, o muchas historias de tradición oral “picantes” permanecieron en las sombras durante siglos, y aún muchas de ellas siguen siendo desconocidas.

En el contexto antioqueño, casi todos conocemos el Testamento del paisa, una recopilación de cuentos, anécdotas y dichos de nuestra tradición oral recogidos por Agustín Jaramillo Londoño, pero muy pocas personas conocen El folclor secreto del pícaro paisa, una recopilación de tradición oral antioqueña subida de tono y elaborada por el mismo compilador. Seguramente durante muchos años ese libro prohibido solo llegó a las manos de hombres adultos, quienes lo escondían en el mismo lugar donde guardaban las revistas de mujeres desnudas: algún baúl cerrado con llave, la caja fuerte o el cuarto de trebejos (casi siempre prohibido y guardador de tesoros) … los “infiernos” paisas.

Ahora los libros condenados empiezan a salir de los infiernos y no solo se exhiben descaradamente en las bibliotecas si no que además las historias que guardaban se cuentan a viva voz en lugares públicos y a plena luz del día. No voy a detenerme en nombres de cuenteros ni en espectáculos específicos sobre el tema. Casi todos los narradores orales profesionales tienen en su repertorio algún cuento con contenido sexual, que suelen ser muy exitosos entre el público adulto. Por supuesto, para contar este tipo de historias se requiere del público y el contexto adecuados, pues pueden herir susceptibilidades, irrespetar creencias o desconocer códigos sociales o culturales. Además, es importante que el narrador oral sea consciente de la delicada línea que divide lo erótico de lo vulgar y lo obsceno, y que sepa cuándo y dónde puede cruzar esa línea. El narrador debe leer al público, prepararlo para lo que va a escuchar, crear una atmósfera adecuada. Como en todo acto de cuentería, la historia es la responsable de la mitad del impacto que puede generarse en el público, la otra mitad está en la forma de contarlo. La misma historia puede ser erótica o vulgar dependiendo de si se cuenta con delicadeza y sensualidad o si se cuenta de una manera ruda y grosera.

Lo cierto es que el sexo siempre ha sido un tema fundamental para el ser humano, y cuanto más se le prohíbe, más apetito y curiosidad despierta. También la palabra ejerce un gran poder de seducción sobre las personas; gracias al embrujo de su palabra Sherezada se libra de la muerte durante mil y una noches, gracias al poder de las historias los protagonistas del Decamerón se olvidan por un tiempo de la peste y el aburrimiento. Dice Octavio Paz en La Llama Doble[ii] que “la relación entre erotismo y poesía es tal que puede decirse, sin afectación, que el primero es una poética corporal y que la segunda es una erótica verbal”. Cuando se narran cuentos eróticos o cuentos con contenido sexual, esa unión entre palabra poética y sexo forman un maridaje perfecto: acarician los oídos, despiertan los sentidos, estimulan la imaginación y pueden provocar grandes placeres.

 

[i] Bruno, P. (2016) De literatura erótica y cuentos obscenos, en: https://www.pepbruno.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1112:de-literatura-erotica-y-cuentos-obscenos&catid=29:articulos-no-y-animacion-a-la-lectura-detalle&Itemid=82&lang=es

[ii] Paz, O. (1993). La llama doble. Barcelona: Seix Barral.

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